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Los Principios de la Acción Válida: para conocerlos y ponerlos en práctica

Los Principios de la Acción Válida: para conocerlos y ponerlos en práctica

Tal como lo prueban hasta nuestros más remotos testimonios históricos, siempre parece haber habido un interés vital por distinguir acierto y error, bien y mal, pensamiento y conducta, correctos e incorrectos. En pocas palabras, toda cultura ha puesto mucho cuidado en definir para sus miembros lo que consideraba el código moral correcto. Podemos reconocerlo en nuestras propias vidas; desde los albores de la niñez, se nos indicó lo que se debía y lo que no se debía hacer. A veces, lo descubrimos observando los ejemplos que nos daban otros; a veces por las reprimendas o el estímulo. Más adelante (si tuvimos esa suerte), vinieron las explicaciones respecto de ese tipo particular de moralidad.

Muchos de los “absolutos” de esa niñez temprana hoy han cambiado, por supuesto, en tanto otros siguen siendo nuestra guía para actuar de modo correcto. Sólo en las últimas décadas, también hemos visto desmoronarse o desvanecerse muchos absolutos morales, o ser tomados como verdades relativas. Lo que ha permanecido, sin embargo, es nuestra búsqueda de pautas permanentes y eso es lo que contamos en este capítulo.

Los códigos morales no son un tema reservado a los filósofos excéntricos, son algo vital para nuestra existencia.

Nuestro punto de vista sobre el bien y el mal no sólo afectan directamente nuestra situación actual, sino también la dirección de nuestra vida. Voy a hacer tipo de plan para el futuro, según pautas que en su raíz se basan en lo que considero correcto y bueno. Como mis planes respecto del futuro afectan mis acciones presentes, es vital para mi tener un código moral que me permita expandirme, crecer  y volverme más autónomo. Para nosotros, que estamos interesados en el crecimiento interno, es por lo tanto esencial tener un conjunto de valores, un código moral que resuene con las leyes de la vida y no vaya en dirección contraria a ellas.

Para nosotros, no es suficiente tan sólo aplicar algunas técnicas de relajación o saber las causas de nuestros problemas y poder manejarlos. Necesitamos poder manejarlos. Necesitamos tener un conjunto de reglas de vida que nos orienten en dirección evolutiva. Reglas que sean universales, válidas para cualquier ser humano, sin importar en qué lugar de este planeta esté ni cual sea su trasfondo. Necesitamos esas reglas, porque tenemos que tener algunas pautas cuando hacemos proyectos o tomamos decisiones o nos relacionamos con otros y con nosotros mismos.

Los valores que tenemos hoy no fueron inventados por nosotros, por supuesto, provienen de nuestro entorno. Algunos de esos valores son universales y resuenas con la vida, otros van en dirección completamente opuesta de ella.

Ha habido muchos intentos, en la historia, de establecer códigos morales “universales”. Todas las grandes religiones tienen un elaborado conjunto de variados “se debe” y esos códigos, por lo general, han sido considerados provenientes de las divinidades en cuestión, en forma directa o a través de algunos “intereses” humanos. Hay dos problemas fundamentales respecto de esos códigos (dejando de lado sus méritos intrínsecos): primero, como requisito previo, hay que tener fe en esa particular religión; segundo, no parecen aplicarse a quienes nunca hayan oído de ella.

Las morales religiosas siempre han proclamado su validez universal, pero no la logran debido a su obstinación en la creencia, que excluye a los que no pueden o no quieren creer en esa particular religión.

El sentimiento religioso es, sin duda, el sentimiento más potente del ser humano, pero puede expresarse de muchas maneras, algunas de ellas en absoluto religiosas “formalmente”/ La religión está en el corazón de la gente, no en las cáscaras externas que reclaman monopolio sobre ella.

También hay intentos legales de regular las morales. Por cierto, necesitamos algunas pautas de conducta social aceptable, pero los códigos legales están limitados por la cultura y los valores transitorios del momento en que se generan. No hay nada malo en tener estas “reglas de juego”, pues ellas cumplen una función. La ley es una suerte de técnica para una sociedad eficiente. No podemos, sin embargo, pretender que una “técnica” situacional sea universal y menos aún que sirva como fundamento moral.

Las ideologías también han intentado establecer la plataforma para una moralidad humana universal y cada versión particular depende de cómo ven al ser humano los que proponen esa ideología. Están los que lo consideran el reflejo de su entorno socioeconómico y postulan que las diferentes clases sociales tienen diferentes códigos morales, condicionados por sus relaciones con el sistema de producción. En esta visión mecanicista del ser humano no hay libertad de elección y lo que determina lo “bueno” y lo “malo” es la clase social a la que al persona pertenece.

Hay otros  que van en dirección exactamente opuesta y dan por sentado que dentro del ser humano hay otro tipo de impulsos “antisociales”, que deben dominarse por medio de un super-ego represor, supuestamente proporcionado por la sociedad en cuestión.

Todo esto es muy interesante, pero para el ser humano medio que deambula por las calles y se pregunta a sí mismo “ que debo hacer con mi vida”, todo esto es bastante confuso. Por un lado, se supone que él está presionado por su clase social, por el otro, que domina algunos impulsos que le resultan difíciles de identificar. Y para rematar todo esto, se supone que debe comportarse según una multitud de reglas religiosas diferentes, de las que cree sólo algunas o ninguna.

Luego están los que dicen que lo único que importa es su conducta y que ésta se adapte a la norma de la sociedad, dejando de lado por completo la posibilidad de que esa sociedad particular pueda estar un tanto demente o muy “fuera de curso” y el hecho de que las normas cambiarán con el tiempo.

En momentos de gran fatiga cultural, como ahora, y en la declinación de las grandes civilizaciones, siempre han aparecido  indefectiblemente ciertas escuelas morales o corrientes de pensamiento. Sus nombres pueden variar, pero sus características esenciales son siempre las mismas. Hay una escuela que nos dice que, ya que no hay sentido en lo que haga, podría hacer cualquier cosa que quisiera, sin tener en cuenta sus repercusiones. Hay otros que avanzan un poco más y dicen, sí, nada tiene sentido, pero yo debo hacer cualquier cosa que me brinde satisfacción, a pesar –nuevamente- de las consecuencias. Algunos fueron todavía más allá y dijeron: Estoy realmente en una mala situación y esta vida está llena de sufrimiento, pero lo que en verdad importa es el modo en que sobrelleve mi existencia sufriente.

Esto es, debo hacer las cosas de un cierto modo, debo hacerlas “estoicamente”.

Incluso otros, y no solo en momentos de declinación, nos han dicho que la acción correcta es la que se realiza sin apego a ella. Es una propuesta muy interesante, pero poco práctica para nuestro amigo que deambula por las calles y se pregunta “qué debo hacer”.

En todos los ejemplos anteriores, siempre ha habido un componente para tratar de justificar la acción, de encontrar una justificación universal de la acción válida.

Todas esas justificaciones, sin embargo, son externas al ser humano y eso no puede ser, ya que éste realiza la acción internamente, aunque la misma se exprese en el mundo externamente.

Mejor justificación de la acción es válida, si produce sensación de crecimiento y unidad, y también si es tal naturaleza, que quisiera repetirla en el futuro. En otras palabras, no es suficiente hacer algo que sienta unitivo un instante, sólo para lamentarlo más tarde. En un momento dado, puedo sermonear a un amigo y de ese modo obtener una sensación unitiva de dis-tensión; pero si luego lo lamento, esa acción no es válida.

Hay algunos actos que realizamos, que descargan tensiones y de ellos obtenemos placer. Luego, nos volvemos a tensar y necesitamos otra descarga. Si todas las acciones fueran así, la vida humana se reduciría a una rueda interminable de placer y dolor, y nos sentiríamos un poquito absurdos, como si no fuéramos nada más que un condensador y descargador de energía. Pero hay otro tipo de acciones, que nos dan sensación de crecimiento, de haber superado una dificultad; son acciones que desearíamos haber  superado una dificultad; son acciones que desearíamos repetir a menudo, pero que solo hemos experimentado quizás unas pocas veces en la vida. Estas acciones nos hacen sentir más completos, más integrados. Por ejemplo, cuando nos hemos reconciliado con un enemigo de mucho tiempo o hemos superado una dificultad que arrastrábamos largo tiempo. En tales casos, tenemos el registro interno de que algo ha mejorado dentro de nosotros.

También hay acciones que nos desintegran, que nos debilitan internamente. No estamos interesados en ellas. Deseamos tener actos unitivos, unitivos porque los llevamos a cabo con el pensamiento, el sentimiento y la acción yendo en la misma dirección. Los actos des-integradores son aquellos en los que pensamos de un modo, sentimos de otro y quizás actuamos en una tercera dirección.

El código moral universal presentado aquí no se basa en muchos “se debe” externos. Más bien, describe los registros internos que todo ser humano tiene al realizar ciertas acciones.

¿Cómo es posible, podría decir usted, que todos tengamos los mismos registros, si somos tan diferentes? Porque somos parte de un Universo con un orden, que tiene ciertas leyes universales que se aplican a todas las entidades dentro de él, incluso a nosotros… aunque podamos pensar  que somos tan especiales y cada uno de nosotros original. Estas leyes universales nos dicen que nada existe aislado, sino en relación dinámica con otras entidades dentro de entornos condicionantes.

También nos dicen que esos fenómenos no ocurren por una relación causa-efecto. Más bien, se determinan por relaciones simultáneas con otras entidades interdependientes. Por último, establecen que todo está en proceso, en evolución y pasa por ciclos muy precisos, eliminando siempre los elementos inaceptables para etapas más complejas.

Lo anterior es una simplificación excesiva de leyes muy complejas y precisas. Pero ellas son poco útiles para nuestro amigo que se pregunta “que debo hacer”.

Le hemos dicho que debe prestar atención a su registro de unidad y crecimiento, pero también nos damos cuenta de que necesita más datos, más ideas, más ejemplos, para que pueda tener respuestas listas a mano, cuando se pregunte por la acción válida. Las leyes Universales son demasiado complejas y demasiado abstractas para recordarlas fácilmente. Si vamos en la dirección que señalan los Principios, experimentaremos sensación de unidad y crecimiento; si vamos en contra de ellos, experimentaremos contradicción y desintegración.

Los Principios no son algo para creer. Deben observarse, para que uno pueda comprobar por experiencia si es realmente cierto que producen lo que dicen producir. La probabilidad es que, si los sigue, su vida no se rija por una moral convencional, sino por sus propios registros y por leyes de vida, de luz y evolución.

Hay 12 Principios en total. En otro momento iremos publicando cada uno por separado para ir profundizando y para que tenga muchos ejemplos a que apelar.

Principios de la Acción Válida: 

1- Principio de Adaptación

“Ir contra la evolución de las cosas, es ir contra una mismo”

2- Principio de Acción y Reacción

“Cuando fuerzas algo hacia un fin, produces lo contrario”.

3- Principio de la Acción Oportuna

“No te opongas a una gran fuerza. Retrocede hasta que aquella se debilite, entonces, avanza con resolución”.

4- Principio de Proporción

“Las cosas están bien cuando marchan en conjunto, no aisladamente”.

5- Principio de Conformidad

“Si para tí está bien el día y la noche, el verano y el invierno, has
superado las contradicciones”.

6- Principio del Placer

“Si persigues el placer te encadenas al sufrimiento. Pero, en tanto no
perjudiques tu salud, goza sin inhibición cuando la oportunidad se presente”.

7- Principio de la Acción Inmediata

“Si persigues un fin te encadenas. Si todo lo que haces lo realizas como si fuera un fin en sí mismo, te liberas”.

8- Principio de la Acción Comprendida

“Harás desaparecer tus conflictos cuando los entiendas en su última raíz,
no cuando quieras resolverlos”.

9- Principio de Libertad

“Cuando perjudicas a los demás, quedas encadenado. Pero,
si no perjudicas a otros, puedes hacer cuanto quieras con libertad”.

10- Principio de Solidaridad

“Cuando tratas a los demás como quieres que te traten, te liberas”.

11- Principio de la Negación de los Opuestos

“No importa en qué bando te hayan puesto los acontecimientos;
lo que importa es que comprendas que tú no has elegido ningún bando”.

12- Principio de Acumulación de las Acciones

“Los actos contradictorios o unitivos se acumulan en ti. Si repites tus actos de unidad interna, ya nada podrá detenerte”.

Serás como una fuerza de la naturaleza, cuando a su paso no encuentra resistencia. Aprende a distinguir aquello que es dificultad, problema, inconveniente, de esto que es contradicción. Si aquellos te mueven o te incitan, esta te inmoviliza en círculo cerrado.

Cuando encuentres una gran fuerza, alegría y bondad en tu corazón; o cuando te sientas libre y sin contradicciones, inmediatamente agradece en tu interior. Cuando te suceda lo contrario, pide con fe y aquel agradecimiento que acumulaste volverá convertido y ampliado en beneficio.

 

 

 

 

 

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1 Comentario

  1. Dolores

    Me ha gustado mucho leer los pricipios de la acción válida….nos ayuda a reforzar la memoria, con respectos a estos principios. Un saludo a todos amigos.

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